Hola. No sé si aún alguien me seguirá leyendo, no es que
siga muy asidua al mundo de los blogs. Pero sinceramente creo que lo necesito.
A veces, el poder escribir lo que piensas a gente que desconoces y que sabes
que no te juzgarán… ¿Qué? ¿Sienta bien? ¿Ayuda? No. No creo que en estos
momentos haya nada que pueda animarme.
No sé si habréis escuchado que ayer, 24 de julio de 2013, en
Santiago de Compostela (España) se descarriló un tren con pasajeros. La
situación fue dantesca. Uno de los vagones voló 5 metros, otro se incendió
dejando calcinados dentro a los viajeros. Mi abuela iba en ese tren. Venía de
Madrid para visitarnos. Siempre venía en avión pero por la maldita crisis
económica optó por venirse en tren, en ese
tren.
Durante muchas horas no supimos nada, nos fijábamos en las
imágenes de los muertos que salían en la televisión a ver si la
identificábamos. Cuatro horas después del accidente nos dijeron que mi abuela
había ingresado en urgencias, tres más tarde había fallecido.
Está muerta. Mi abuela está muerta y a mí ya no me quedan
más lágrimas que llorar. Llevo dos años viviendo en Madrid con ella, en su
casa, por motivos de estudio. Todavía soy incapaz de asimilar que después de
las vacaciones llegaré a una casa vacía, que ya no echaré más broma con ella,
que mi compañera de piso se ha ido.
Todo es muy injusto. Te pasas la vida preocupándote por
estupideces cuando en verdad deberíamos estar aprovechando cada momento. A ella
aún le quedaba mucho tiempo y yo no me pude despedir. A veces la vida es una
mierda y yo tengo que fingir ser fuerte porque sé que eso es lo que ella
hubiese querido, pero no puedo ser fuerte cuando mi mundo se desvanece pedazo a
pedazo.
No soy una persona muy católica, pero ella sí. Yo rezaré por
ella y si aún hay alguien ahí leyéndome, por favor rezad conmigo.